Cuando Shakespeare escribió Hamlet, tenía 20.000 palabras con las que trabajar.
Cuando Lincoln escribió el discurso de Gettysburg en el dorso de un sobre, tenía unas 114.000 palabras a su disposición. Hoy hay más de 600.000 palabras en el diccionario Webster. Tom Cláncy parece haberlas utilizado todas en las mil páginas de su última novela.
El lenguaje se complica cada vez más. Por tanto, la gente tiene que resistir la tentación de probar algunas de estas palabras nuevas y poco utilizadas. ¿Qué pasaría si algunos de los dichos famosos se hubiera escrito con un estilo más espeso y algunas palabras exóticas? A continuación, una muestra de algunas ideas simples convertidas en complejas:
· Cuando un lecho acuífero produce alto nivel sonoro, es que conduce un caudal determinado.
{Cuando el río suena, agua lleva)· No por interrumpir el sueño anticipadamente, se inicia la aurora antes de su referencia horaria.
(No por mucho madrugar, amanece más temprano)· No resulta eficaz adoctrinar a un can adulto, con maniobras innovadoras.
(No se puede enseñar trucos nuevos a un perro viejo)· Los vapores visibles que afloran de la materia orgánica son el presagio de una conflagración inminente.
(Donde hay humo, hay fuego)· La persona que hurta habitualmente está convencida de que la generalidad de sus congéneres son de naturaleza similar.
(Cree el ladrón que todos son de su condición)
La buena escritura y el buen discurso no pueden ser confusos, tienen que ser claros y comprensibles, y cuanto más cortos, mejor. (En comunicación, lo simple y breve, dos veces bueno.)
Del Libro El Poder de lo Simple
Jack Trout

