
Hace unos años abandonábamos una reunión de dos horas, en la que una empresa de diseño había presentado a un cliente su proyecto para un logotipo, por el que iba a cobrar varios millones. Como de costumbre, habían usado términos como «intencionalidad», «paradigmas» y referencias vagas a las «preferencias de color». Era una presentación cargada de conceptos oscuros y complicados. Al salir, el más joven de nosotros, el que ocupaba el puesto de menor nivel, comentó que estaba bastante confuso sobre lo que se había dicho y pidió la opinión de los demás. Todos sonreímos y nos sentimos aliviados. Nadie había entendido una palabra; pero teníamos vergüenza de admitirlo para no parecer ignorantes.
Aquel cliente dilapidó millones cambiando su logo, que era perfectamente aceptable, porque nadie en la reunión tuvo el valor de pedir a la empresa de diseño que explicara sus recomendaciones en un lenguaje sencillo y comprensible. Si alguien lo hubiera hecho, seguro que aquellos diseñadores esotéricos hubieran tenido que abandonar la sala llevándose un logotipo que hizo gastar tiempo y dinero para nada.La moraleja de la historia es que nunca se debe permitir que una palabra o concepto confuso quede sin cuestionar. Si no se hace, se pueden cometer errores muy caros. Siempre hay que pedir que los términos complejos se traduzcan a un lenguaje sencillo. Nunca hay que tener miedo de decir «No lo entiendo». No hay que tolerar la arrogancia intelectual
EL PODER DE LO SIMPLE

